domingo, 18 de septiembre de 2016

Melbourne

Aprovechando el fin de semana libre de agosto, me fui con mi amigo Víctor a Melbourne.

Cogimos un avión el viernes a las 7 de la mañana y después de un avión, un bus y dejar las cosas en el backpacker, estábamos listos para empezar a turistear.

Teníamos muchas ganas de ese viaje. Todo el mundo nos había hablado muy bien de Melbourne, y yo particularmente, quería saber si me había equivocado al haber escogido Sydney como ciudad en la que vivir de Australia. 

Sin embargo, nada más llegar nos encontramos con una realidad, la cual no nos gustó nada. El clima.
¡Qué tiempo más horrible! Desde que llegamos a las 10 de la mañana hasta las 15 de la tarde la lluvia no nos dio tregua. Tuvimos que refugiarnos en un café francés a desayunar y después en dos museos de los miles que hay en esa ciudad.

Sin duda Melbourne tiene un sabor mucho más europeo que Sydney. Las calles, los edificios, el río, el tranvía... Me recordó un poco a Praga (siendo ésta mucho más bonita, he de decir) 

Después de comer, salió un poco el sol y parecía que ya veíamos la ciudad con otros ojos. Es increíble como cambia un mismo sitio con buen tiempo. Aprovechamos para pasear por callejones llenos de graffitis súper coloridos, cruzar el puente, visitar el jardín botánico y pasear de noche por el río. 

Melbourne es conocida por su ambiente nocturno, y eso fue otra cosa que pudimos apreciar, había más ambiente que en Sydney, o por lo menos parecía que había muchas más zonas de salir y todas llenas de gente. 

El sábado madrugamos para ir a coger un coche de alquiler y recorrer la "Great Ocean Road" una de las carreteras más bonitas del mundo, que nos llevaría hasta los 12 Apóstoles.

Fue mi primera experiencia conduciendo "por el otro lado" y bueno, me costó un poco... Sobre todo el tema de las marchas o los intermitentes, que siempre acababa poniendo el limpiaparabrisas.

Antes de ir a los 12 Apóstoles pasamos por Brighton Beach que es una playa a unos 20 minutos de Melbourne donde hay casetas en a lo largo de toda la playa, pintadas de diferentes colores. La verdad es que era una playa muy alegre, pero no podíamos hacer otra cosa que imaginárnosla con calorcito.

Después de esa parada obligatoria, ya iniciamos nuestra ruta por la magnífica carretera de costa, donde había puntos para pararse a admirar el paisaje increíble.

Después de casi 4 horas conduciendo llegamos a la zona de los 12 Apóstoles. Nos bajamos del coche, íbamos hablando tan tranquilamente por el camino señalizado y de repente me paré en seco. Tenía delante una de las cosas más maravillosas que había visto nunca. 

Un acantilado gigante que daba a una playa enorme, con unos pedruscos inmensos que brotaban en el medio del mar como si nada. Además, había llovido tanto esos días, que se produjeron unas cascadas naturales que salían de la montaña. Era una auténtica barbaridad.

Seguimos caminando y el paisaje no dejaba de maravillarme, a ambos lados, ese océano bravo y picado, el frío que hacía, que se nos congelaba hasta la sonrisa... No sé, era mágico. Brutal. Me encantó. 

Esa misma tarde volvimos a Melbourne, estábamos cansadísimos y saturados de tanto coche. Y nada más llegar nos cayó otra vez un chaparrón encima.

El domingo fuimos a tomarnos un súper desayuno, dimos otro paseo por el centro, fuimos a ver tiendecitas, comimos, tomamos café y de vuelta al aeropuerto.

Tenía muchas ganas de conocer Melbourne, y la verdad que me ha gustado como ciudad, pero me alegro de no haberme ido a vivir allí. A pesar de tener muchas cosas que hacer y ser muy bonita, para mi es súper importante el tiempo. Y el hecho de que esté lloviendo cada dos por tres, haga frío y sea tan inestable sé que acabaría conmigo. 

Así que bueno, me fui contenta por poder poner un "tick" a una ciudad nueva, haber conducido por la la Great Ocean Road, deslumbrarme con el paisaje de los 12 Apóstoles y compartir esta aventura con una de las personas que he conocido en este país y que tengo la suerte de poder llamar AMIGO :)






















































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