LLegamos sobre las 10 de la mañana a la estación y nos fuimos pitando a dejar las mochilas al hotel, antes de coger el bus que nos llevaba a las cascadas. Nos sorprendió lo súper amable que fue todo el mundo allí, nos preguntaban todo el rato a dónde queríamos ir, y al contrario de Bangkok no era para ofrecernos taxi si no simplemente para darnos información y ayudarnos.
Sobre las 11 cogimos el que bautizamos como autobús del infierno. Sin puertas, con ventiladores colgando del techo, gente de pie, tres personas en un mismo asiento, y un largo etcétera de cosas que alarmarían a cualquier persona que trabajase en seguridad vial.
Al llegar empezamos la ruta por las cascadas. Eran 7 niveles y el más alto se encontraba a unos 2.600 metros de distancia, con lo cual nos esperaba una buena caminata. Había bastante gente, ya que para los tailandeses esas cascadas es como su aquapark y veías a muchísimas familias disfrutando de ellas.
En las primeras cascadas fue casi imposible pararse de la cantidad de gente que había, y no fue hasta la cascada número cinco, cuando nos paramos para darnos un bañito y refrescarnos. La verdad que tras el pateo el baño nos supo a gloria, sin embargo, había unos peces gigantes que te mordían todo el rato y hacían que el momento fuese más desagradable. Yo tenía que subirme todo el rato a rocas de la grima que me daba notar esas bocas gigantes mordiéndome los pies.
Llegar hasta la última cascada fue durillo ya que no teníamos agua para beber y hacía muchísimo calor, pero la verdad que el paisaje y todo lo que vimos en el camino mereció la pena.
Al día siguiente, después de tomar el café más rico del mundo en la cafetería del hotel (en serio, nos enamoramos de ese café) nos vinieron a recoger en una furgoneta mucho mejor acondicionada que el bus del día anterior, para ir a "Elephants World"
Este lugar es una reserva natural de elefantes, donde llevan a elefantes rescatados de campos de trekking, los cuidan y les dan una mejor vida. Su lema es "We work for the elephants, not the elephants for us" y así es, durante todo el día te pasas junto con los voluntarios del parque haciendo actividades para cuidar a los elefantes.
Nosotros a parte de darles de comer unas cestas de fruta, preparamos comida especial para los elefantes más viejecitos que no tenían dientes y no podían masticar bien, lavamos la fruta que venía de los invernaderos para quitarles los pesticidas y demás productos químicos que usan, organizamos más cestas de fruta... Y además de hacer todo eso tienes tiempo para ver a los elefantes al aire libre disfrutando, revolcándose en barro, jugando los unos con los otros. Y finalmente, la mejor parte, te bañas con ellos en el río y los limpias. Es súper divertido, ves como disfrutan del agua y tu puedes disfrutar con ellos. Los cuidadores les dicen que te salpiquen, y juegas con ellos.
Ha sido sin duda una de las mejores experiencias de vida, poder disfrutar de esos animales tan fascinantes desde tan cerca. Repetiría una y mil veces.
(El maravilloso café)
Esa noche salimos a cenar y para nuestra sorpresa nos encontramos con un mercadillo nocturno que tenía tanto comida como ropa y todo tipo de artilugios. Era todo tan local... éramos los únicos occidentales en todo el mercadillo, y la gente nos miraba sorprendidos de vernos allí, incluso nos sacaron una foto. Después de cenar en unos puestecitos, compramos unos insectos de postre, sí habéis leído bien, INSECTOS, concretamente gusanitos y grillos, y realmente, pudores fuera, estaban buenísimos.
El quinto día de nuestro viaje nos levantamos tan temprano que ni nos dio tiempo a despedirnos del maravilloso café del hotel, y nos fuimos pitando a coger dos buses infernales que nos llevaron a Ayutthaya.
Nada más llegar fuimos hasta la estación de trenes para poder dejar en consigna las mochilas enormes que llevábamos, mientras visitábamos la ciudad antes de coger el tren nocturno que nos llevaría al norte del país. Y la verdad que por el módico precio de 0,50 céntimos nos quitamos ese gran peso de encima.
Hacia tantísimo calor que no pudimos plantearnos ir andando a ningún sitio, así que cogimos un tuc-tuc con el que acordamos un recorrido de unas tres horas, pasando por los templos y las ruinas que debíamos ver.
Las ruinas de Ayutthaya son patrimonio de la humanidad, y la verdad es que es un lugar precioso. Al parecer, según me contó mi guía particular (que fue muy bien informado al viaje) la ciudad fue destruida en una guerra contra Birmania. Saquearon y quemaron toda la ciudad, llevándose las cabezas de los Budas (ya que se considera la parte más valiosa), por eso en todo el recinto se encontraban sólo los cuerpos.
Además, hubo una cabeza que no se pudieron llevar y ésta se quedo cerca de un árbol, el cual al ir creciendo acogió de forma natural la cabeza entre sus ramas, y hoy en día es una de las fotos más deseadas por los miles de turistas que llegan de visita. Al sacarte la foto, te tienes que agachar (como señal de respeto hacia la imagen de Buda) e incluso hay un guardia vigilando todo el tiempo, y pidiéndote que te agaches. Todo muy sorprendente la verdad.
A pesar de que fue todo muy bonito e interesante, lo estábamos pasando realmente mal del calor que hacía, y para mayor desesperación, en las ruinas a penas había una sombra en la que poder descansar de tanto sol. Ni smothies con hielo, ni abanicos... nada nos aliviaba.
Así que sobre las 4 de la tarde, cuando ya habíamos visto lo más importante, y todavía nos quedaban unas horas para el tren, decidimos irnos a un hotelazo que había al lado de la estación, y por 3 euros allí nos quedamos en la piscina a remojo, haciendo mucho más llevadera la espera. Sin duda, una de las mejores ideas que hemos tenido en este viaje.
Ayutthaya la recordaremos como belleza, historia y calor... mucho calor.




















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