Llegamos al aeropuerto de Krabi sobre las 6 y media de la tarde, allí cogimos
un taxi que nos llevó a una especie de “mini puerto” de donde salían longtail
boats (típicas barquitas de las islas de Tailandia, que son alargadas) hacia
Railay, que era donde teníamos pensado pasar las siguientes dos noches.
Al llegar al puerto ya era de noche y la verdad que daba un
poco de mal rollo estar ahí a oscuras, en medio de la nada con cuatro turistas
más y un montón de tailandeses isleños que no paraban de hablar y reírse
mirándonos.
En mi cabeza ya me había imaginado la película en la que nos
secuestraban y robaban nuestras valiosas pertenencias (tanto souvenir de
mercadillo era una gran tentación para cualquiera), pero afortunadamente, la
gente de ese país es maravillosa, y nos llevaron sanos y salvos a nuestro
destino.
El viaje fue increíble, las barquitas esas pueden ir realmente rápido,
y aunque fuese de noche se podía apreciar el paisaje montañoso que nos rodeaba
en el medio del mar. ¡Qué ganas teníamos de que fuese por la mañana y poder ver
todo! En Railay nos hospedamos en una cabañita de madera en lo alto de una
montaña rodeada de vegetación, y nada más llegar empezó una tormenta de
película… Realmente sabíamos que íbamos a encontrarnos con esa situación, ya
que la época de lluvias empezaba en el mes de mayo, pero incluso eso fue
fabuloso, ver esa tormenta tropical desde el balcón de la cabaña fue todo un
espectáculo (aunque confieso que tuve un poco de miedo de que nos cayese un
rayo en medio de la cabaña)
Esa noche fuimos a cenar a uno de los sitios más geniales en
los que hemos estado en todo el viaje. Era el primer bar que nos encontramos al
bajar las mil escaleras que había desde la cabaña al paseo marítimo, y por no
querer arriesgar a mojarnos más nos quedamos allí. ¡Qué gran acierto! La comida
estaba buenísima, era súper barato y además nos la estaba amenizando un
asiático 4x4, cantando con una voz chulísima y tocando la guitarra. Tocó muchos
temas buenos, que no pudimos evitar cantar aunque tuviésemos la boca llena de
pad thai. Y la cosa no acabó ahí, ya que como estábamos tan a gusto decidimos
tomarnos unas cervezas tailandesas.
Al acabar de cantar, el asiático enorme y otros dos más se
pusieron a hacer un espectáculo con fuego que fue impresionante. Disfrutamos
como enanos e incluso sufrimos un poco cuando un guiri atrevido se acercó hasta
ellos con un cigarro y se lo encendieron entre acrobacias. Pero todavía hubo
más, cuando ya habíamos decidido que era la última cerveza que nos pedíamos,
empezaron a pinchar música de fiesta y
para nuestra sorpresa, pusieron “la gozadera” y otros temazos como “danza
kuduro” o “bailando” nos lo pasamos tan sumamente bien. Fue sin duda una de las
noches más divertidas de todo el viaje.
Al día siguiente, a pesar de haber trasnochado un poquito,
nos levantamos temprano para irnos a explorar… Lo primero que hicimos fue salir
a la terraza y nos quedamos embobados con las vistas… ¡qué lugar! Era
simplemente precioso, nos quedamos sin palabras. Después de desayunar ya nos pusimos en
marcha, y llegamos hasta la playa de Prah Nang con la suerte de que al ser tan
temprano no había prácticamente nadie. Fue todo un privilegio poder ver esa
playa sin apenas gente. Es la mismísima imagen que se te viene a la cabeza
cuando piensas en la palabra paraíso.
Poco duró la paz… ya que sobre las 10 de la mañana llegaron
unos cuatro barcos cargados de turistas de esos que tan poco nos gustaron y la
playa cambió por completo de imagen. Comentar que en esa playa se encuentra la
cueva de la fertilidad, una cueva repleta de penes de todo tipo, color, tamaño…
etc
Después de darnos el primer baño, decidimos subir a un
mirador que había al lado de la playa. La subida fue un poco dura, ya que como
la noche anterior había diluviado, todo estaba lleno de barro, las rocas
resbalaban muchísimo y las cuerdas que hay para ayudar en la subida estaban
mojadas. Llegamos sucios hasta las orejas, pero las vistas merecieron la pena.
Estábamos los dos solos viendo con esa imagen completamente maravillados,
cuando de pronto oímos algo en un árbol y vimos ¡un mono! Pero no un mono como
los que sabíamos que íbamos a encontrarnos, sino un mono gris, de tamaño
mediano. Era precioso y no pareció que le molestásemos mucho, se quedó un buen
rato en el árbol, mirándonos de vez en cuando, pero sin llamarle mucho la
atención nuestra presencia.
Al bajar (nos costó mucho más que subir) yo optaba por hacer
toboganing y deslizarme roca abajo, llegué con toda la ropa y los tenis
llenísimos de barro. Y al llegar al final ahí sí que vimos monos de los que nos
esperábamos encontrar, marrones, despeluxados y en familias. Nos quedamos un
buen rato embobados mirando cómo se relacionaban entre ellos y lo listos que
eran que si te despistabas te abrían la cremallera de la mochila.
Por la tarde después de comer un poco de marisquito, nos
fuimos a la playa del otro lado de la
isla, y esa zona sí que estaba rodeada de restaurantes, chiringuitos y demás… y
aunque la playa era muy bonita, nos pareció algo menos auténtica. Sin embargo
disfrutamos de una tarde de frisbee, palas y un atardecer precioso a ritmo de
ukelele… Fue simplemente mágico…


















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