miércoles, 1 de junio de 2016

Tailandia parte 4: Railay

Llegamos al aeropuerto de Krabi  sobre las 6 y media de la tarde, allí cogimos un taxi que nos llevó a una especie de “mini puerto” de donde salían longtail boats (típicas barquitas de las islas de Tailandia, que son alargadas) hacia Railay, que era donde teníamos pensado pasar las siguientes dos noches.

Al llegar al puerto ya era de noche y la verdad que daba un poco de mal rollo estar ahí a oscuras, en medio de la nada con cuatro turistas más y un montón de tailandeses isleños que no paraban de hablar y reírse mirándonos.

En mi cabeza ya me había imaginado la película en la que nos secuestraban y robaban nuestras valiosas pertenencias (tanto souvenir de mercadillo era una gran tentación para cualquiera), pero afortunadamente, la gente de ese país es maravillosa, y nos llevaron sanos y salvos a nuestro destino. 

El viaje fue increíble, las barquitas esas pueden ir realmente rápido, y aunque fuese de noche se podía apreciar el paisaje montañoso que nos rodeaba en el medio del mar. ¡Qué ganas teníamos de que fuese por la mañana y poder ver todo! En Railay nos hospedamos en una cabañita de madera en lo alto de una montaña rodeada de vegetación, y nada más llegar empezó una tormenta de película… Realmente sabíamos que íbamos a encontrarnos con esa situación, ya que la época de lluvias empezaba en el mes de mayo, pero incluso eso fue fabuloso, ver esa tormenta tropical desde el balcón de la cabaña fue todo un espectáculo (aunque confieso que tuve un poco de miedo de que nos cayese un rayo en medio de la cabaña)

Esa noche fuimos a cenar a uno de los sitios más geniales en los que hemos estado en todo el viaje. Era el primer bar que nos encontramos al bajar las mil escaleras que había desde la cabaña al paseo marítimo, y por no querer arriesgar a mojarnos más nos quedamos allí. ¡Qué gran acierto! La comida estaba buenísima, era súper barato y además nos la estaba amenizando un asiático 4x4, cantando con una voz chulísima y tocando la guitarra. Tocó muchos temas buenos, que no pudimos evitar cantar aunque tuviésemos la boca llena de pad thai. Y la cosa no acabó ahí, ya que como estábamos tan a gusto decidimos tomarnos unas cervezas tailandesas.
Al acabar de cantar, el asiático enorme y otros dos más se pusieron a hacer un espectáculo con fuego que fue impresionante. Disfrutamos como enanos e incluso sufrimos un poco cuando un guiri atrevido se acercó hasta ellos con un cigarro y se lo encendieron entre acrobacias. Pero todavía hubo más, cuando ya habíamos decidido que era la última cerveza que nos pedíamos, empezaron a pinchar música de fiesta  y para nuestra sorpresa, pusieron “la gozadera” y otros temazos como “danza kuduro” o “bailando” nos lo pasamos tan sumamente bien. Fue sin duda una de las noches más divertidas de todo el viaje.

Al día siguiente, a pesar de haber trasnochado un poquito, nos levantamos temprano para irnos a explorar… Lo primero que hicimos fue salir a la terraza y nos quedamos embobados con las vistas… ¡qué lugar! Era simplemente precioso, nos quedamos sin palabras.  Después de desayunar ya nos pusimos en marcha, y llegamos hasta la playa de Prah Nang con la suerte de que al ser tan temprano no había prácticamente nadie. Fue todo un privilegio poder ver esa playa sin apenas gente. Es la mismísima imagen que se te viene a la cabeza cuando piensas en la palabra paraíso.

Poco duró la paz… ya que sobre las 10 de la mañana llegaron unos cuatro barcos cargados de turistas de esos que tan poco nos gustaron y la playa cambió por completo de imagen. Comentar que en esa playa se encuentra la cueva de la fertilidad, una cueva repleta de penes de todo tipo, color, tamaño… etc

Después de darnos el primer baño, decidimos subir a un mirador que había al lado de la playa. La subida fue un poco dura, ya que como la noche anterior había diluviado, todo estaba lleno de barro, las rocas resbalaban muchísimo y las cuerdas que hay para ayudar en la subida estaban mojadas. Llegamos sucios hasta las orejas, pero las vistas merecieron la pena. Estábamos los dos solos viendo con esa imagen completamente maravillados, cuando de pronto oímos algo en un árbol y vimos ¡un mono! Pero no un mono como los que sabíamos que íbamos a encontrarnos, sino un mono gris, de tamaño mediano. Era precioso y no pareció que le molestásemos mucho, se quedó un buen rato en el árbol, mirándonos de vez en cuando, pero sin llamarle mucho la atención nuestra presencia.

Al bajar (nos costó mucho más que subir) yo optaba por hacer toboganing y deslizarme roca abajo, llegué con toda la ropa y los tenis llenísimos de barro. Y al llegar al final ahí sí que vimos monos de los que nos esperábamos encontrar, marrones, despeluxados y en familias. Nos quedamos un buen rato embobados mirando cómo se relacionaban entre ellos y lo listos que eran que si te despistabas te abrían la cremallera de la mochila.

Por la tarde después de comer un poco de marisquito, nos fuimos  a la playa del otro lado de la isla, y esa zona sí que estaba rodeada de restaurantes, chiringuitos y demás… y aunque la playa era muy bonita, nos pareció algo menos auténtica. Sin embargo disfrutamos de una tarde de frisbee, palas  y un atardecer precioso a ritmo de ukelele…  Fue simplemente mágico…


Nos quedamos con el recuerdo de Krabi como un sitio de: aventuras, naturaleza en estado puro y monos.


































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